martes, 1 de octubre de 2013

Eco-Sci-Fi 8: A Princess of Mars






En el panteón de las primeras novelas de ciencia ficción, aunque quizás no tan mencionada, está la serie de Barsoom, protagonizada por John Carter y escrita por un Edgar Rice Burroughs que en esas fechas también andaba metido en las historias de un tal Tarzán.

Una princesa de Marte fue la novela inaugural de esta saga que recrea un Marte fantástico, de corte pulp y aventurero, inventando de paso el género planetary romance, dentro de la sword and planet. Pero aparte de la fantasía, de los gustos y creencias de la época, de los personajes de una pieza, hay un poso muy interesante, con ideas científicas, sociales y ecológicas.

La propia historia, que ya desde sus inicios  (un veterano confederado llamado John Carter que se convierte en buscador de oro en Arizona, pero es atacado por los Apaches y debe refugiarse en una cueva misteriosa y sagrada que lo transporta mágicamente a un planeta totalmente distinto: Marte) se asienta dentro de la historia clave de los Estados Unidos, la guerra de secesión, la conquista del Oeste, la fiebre del oro y sobre todo la puesta en valor de los nativos americanos.
Incluso el hecho de que Carter fuese del bando perdedor y se convierta en buscador de oro, un trabajo en los que los de baja estofa echan su suerte; así como el tratamiento de los indios no sólo como enemigo salvaje sino como cultura en contacto sagrado con Marte son temas a tener en cuenta para ver las variadas caras de esta obra que a priori resulta sencilla.

Pero vamos a lo que nos atañe. Barsoom (lo que Carter llama Marte) es un planeta moribundo, cuyos míticos canales sirven para traer la escasa agua existente en forma de hielo en los polos hasta las zonas donde las distintas culturas marcianas existen.

Estas razas no sólo tienen su parecido con los nativos americanos, sino que además constituyen uno de los temas clave de la novela, que se acerca al racismo, a la importancia de la estirpe y de la pureza racial.

Las dos razas aparecidas, la verde y la roja, tienen muchas cosas en común y otras tantas distintivas.  Ambas son crueles, con escaso valor a la vida ajena, ya que la escasez de oxígeno y de alimentos crea un problema demográfico. Ambas dan alto valor a sus antepasados, así como las amistades y los agravios surgidos hace generaciones. 


Carter se topa en primer lugar con los marcianos verdes, de quince pies de altos, delgados, con seis extremidades, al igual que la mayoría de bestias con las que están en simbiosis, como cabalgadura o ganado. Se comportan de una forma que el propio Carter define como bárbara, donde la amistad o el compañerismo no existen, seguramente debido al fuerte instinto de supervivencia en un ecosistema moribundo.  Son tribales, con un sistema jerarquizado donde la posición se consigue mediante duelos a muerte. Aun así son expertos en la guerra, la caza y otras cuestiones pragmáticas. Se reproducen de forma ovípara, dejando sus huevos en enormes nido que tiene un carácter de santuario, y otras tribus pueden atacarlos en virtud de la supervivencia (para reducir la sobrepoblación). Después de un periodo, ya que los huevos tardan en eclosionar, los nuevos marcianos verdes nacen prácticamente adultos, y son criados por toda la tribu, sin lazos familiares (ya que no se sabe a quién pertenece cada huevo), lo que para Carter y para nosotros, habituados a la familia como el núcleo primigenio de una sociedad, nos parece cruel.

La arquitectura y el arte no existen entre los marcianos verdes. Viven en las ruinas de antiguas ciudades, supuestamente de un ancestro común a todas las razas inteligentes de Barsoom. Las paredes están llenas de frescos con seres humanoides, pero los marcianos verdes no prestan atención a estas pinturas, ni siquiera a la lógica dispositiva de los edificios que ocupan.

El primer contacto que John Carter tiene con un marciano rojo se fuerza cuando los marcianos verdes capturan a la princesa Dejah Thoris en una incursión. Se descubre que esta raza es prácticamente humana en su aspecto, pero de una tez eminentemente roja (lo que recuerda a los apaches con los que empezó la novela, y que también puede ser un paralelismo con el choque cultural que se vivió durante la colonización americana y la conquista del salvaje oeste). Carter, que ya se había resignado a vivir con los extraños y salvajes marcianos verdes, se identifica más con esta raza por su aspecto. Sin embargo, los marcianos rojos no son tan parecidos a los humanos como se pudiera presuponer.
Ellos son los que han construido los canales, a lo Percival Lowell, para sobrevivir a la sequía del planeta, para poder explotar la agricultura, al estilo egipcio del Nilo. Ellos son los que tienen la tecnología más avanzada, con naves que surcan el cielo de Marte y ciudades-estado fuertemente defendidas.

Son ovíparos, como el resto de las especies de Barsoom. Y también son vengativos, altaneros y muy preocupados por el linaje y los antiguos agravios.  También van semidesnudos, el clima hace innecesaria la vestimenta no ornamental, cosa que difiere de los humanos.

Pero el detalle que se me hace más interesante a nivel medioambiental es cuando John Carter entra en una enorme torre, que resulta ser una planta atmosférica, una de las centrales donde la atmosfera es creada y mantenida, ya que por sí sola no puede sobrevivir.  Dentro, el Ingeniero se encarga hasta su relevo o muerte de controlar toda la maquinaria, como un asceta o un religioso. Todo marciano rojo tiene conocimientos sobre esta tecnología, por si fuera necesario. La desestabilización de la maquina es uno de los momentos más traumáticos cuando todo el planeta puede perecer ahogado.

 Sin embargo, la importancia que le da la trama no es muy alta, y la nula relevancia que le adjudican los marcianos, más preocupados en pelear y sobrevivir se me antoja tristemente premonitoria. Me gusta pensar que Barsoom no es el Marte que conocemos, árido e inhabitado, sino otro planeta. Pero me aterra pensar, que, en el fondo, Barsoom sea la Tierra.



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